Esta vez es Ángeles Armesto quien nos trae su relato en el que podemos ver como ha cambiado la profesión en los últimos años.
*Foto propiedad de Ángeles Armesto, a bordo del Cornide de Saavedra.
Os cuento que yo embarqué la primera vez en octubre de 1993, hace ya más de 30 años y estuve en ese primer embarque hasta marzo de 1994, unos 5 meses.
En aquella época éramos bastantes (unas cuantas hoy estamos en el IEO) y la estancia en un mismo buque era de unos 45 días, al cabo de los cuales te enviaban un telex y te decían el nombre del barco al que tenías que transbordar. El transbordo lo hacías cuando las condiciones del tiempo lo permitían, ya que los transbordos en alta mar no son fáciles y cuando el barco en el que estabas y el barco al que tenías que ir se ponían de acuerdo.
El trabajo era el mismo que ahora pero con métodos más rudimentarios: ni grabadoras, ni ordenadores, ni balanzas electrónicas. Las balanzas eran marca "mobba" y había que cuidar que no se tumbase pues el sistema interno se estropeaba.
Los informes (quincenales) había que hacerlos en un aparato de telex (un fax por satélite consistente en una especie de pantalla con teclado), que eran unos aparatos muy básicos con muchas limitaciones, donde no podías equivocarte y en unos formatos muy simples.
No había comunicación exterior excepto por telex o por radio. Se contactaba con la estación de radio más cercana y cuando respondían y había buena recepción, ellos te marcaban el número de teléfono que les indicabas (todos fijos por supuesto, jj) y así hablabas con la familia pero tampoco podía ser una comunicación diaria pues no siempre había disponibilidad de trabajo y de tiempo. En algunos casos había teléfono vía satélite y pagabas entre 700 y 1000 pesetas (4,5 y 6 €) por minuto lo que obviamente no hacía la comunicación fluida.
La acogida, en mi caso siempre fue buena, no tengo especiales quejas más allá de alguna desconfianza y recelo en algún barco donde nunca había trabajado ni un "biólogo" ni una "bióloga" y desconocían un poco el trabajo y para qué servía, con lo que había que hacer una labor extra de ilustración y enseñanza.
De aquella época hay pocas fotografías, tened en cuenta que entonces sólo había las típicas (entonces) cámaras de fotos de carrete. Tenías que pensar en llevar un montón de carretes y no se podía disparar tan alegremente como ahora, tenías que economizar y procurar que los carretes que llevabas te durasen para todo el tiempo que ibas a estar. Eso te hacía pensar muy bien las fotos que tomabas y priorizar lo que era realmente importante para ser fotografiado.
Aparte de eso había que llevar casi un diario apuntando las fotos que hacías porque os aseguro que al cabo de unos días ya no sabías si ese "bicho" lo habías fotografiado o si lo que fotografiaste era el otro "bicho" que se parecía.
Nos obligaba a ser muy ordenadas con el material y cautelosas para hacer que durase.
Y la complicación realmente era que no sabías como había salido la foto hasta que llegabas a tierra meses más tarde y veías los resultados, que no siempre eran buenos, os lo aseguro.
Por un lado esperabas con ilusión a ver lo que había salido, a aquellas fotos en papel que te hacían revivir de nuevo aquello de lo que habías sido testigo y por otro pensabas a ver cuántas habían salido. Y cuántas decepciones porque aquella foto que tenías en tu recuerdo había salido borrosa o no se veía lo que tu habías querido plasmar.... pero ya era pasado y el pasado no vuelve.
Otro tema que nos pasaba a las mujeres embarcadas era los temas digamos "íntimos y personales". El cargamento de compresas y tampones con el que teníamos que lidiar en los embarques de meses. Hablo de hace treinta y tantos años. Que fácil es ahora una copa o dos y ya.
Y eso no era lo peor, algunas aún nos pesa en la conciencia haber tenido que tirar todos esos restos al mar, Entonces era así, tenías que apañarte como podías, no había incineradoras ni compactadoras, ni el barco iba a tierra con frecuencia para tirar la basura en un puerto. Nadie pensaba en esas diferencias de situación que solo podía vivir una mujer a bordo. Y que tampoco nadie te enseñaba a gestionar, a no ser que hablases con alguna compañera con experiencia previa y con confianza suficiente para tocar esos temas.
Y el lenguaje marino (específico de un barco de pesca) que nunca nos enseñaron y tuvimos que aprender...La primera vez que me dijeron si necesitaba el "caballo" me entraron todos los sudores fríos del mundo (y no era por ser invierno). ¿caballo? ¿que pinta un animal aquí?, ¿me están llamando algo? ¿¡¡ahhh!! se referirán al otro caballo? ¿tendré cara de yonki y me están ofreciendo?
Pero siempre hay almas caritativas que al ver tu estupor se apiadan de ti y te explican que “el caballo” es la bomba de agua para que limpies tu lugar de trabajo y que se llama así porque en un principio era una bomba de un caballo de vapor la que movía el agua del parque de pesca.
Como podéis suponer todo esto te hacer aprender muchas cosas, del mundo y de ti misma, de cómo gestionar tu tiempo, de cómo cumplir unos objetivos sin que nadie te diga exactamente la manera, de cómo convivir con personas muy distintas a ti en un espacio tan reducido, de como cultivar la paciencia pues lo que hoy te hacer gracia si se repite diariamente a los largo de un tiempo puede llegar a crisparte los nervios, de cómo comprender el mundo tan especial en el que te mueves, de las miserias y las grandezas de un puñado de humanos encerrados en muy pocos metros cuadrados, de cómo acostumbrarte a que el único aliciente jornada tras jornada sea la hora de la comida y llegar un punto que ni eso, porque los sábados toca callos, los domingos cocido y los jueves lentejas.
De la dependencia psicológica que te crea la paradoja de ser libre en un lugar cerrado. Y quieres volver. En realidad lo que quieres es volver a ver esas cosas maravillosas que nunca habrías tenido la oportunidad de ver en otras circunstancias. Las grandiosas auroras boreales en el norte cuando prefieres morirte de frío a dejar de mirar el espectáculo. El famoso "sol de medianoche" que nunca se pone y te pasas dos meses esperando que llegue el día en que el sol toca el mar para inmediatamente volver a subir. El darte cuenta de cómo te afectan los ritmos circadianos, tú que siempre habías vivido pendiente de un reloj que marcaba las horas de comer y dormir, en un mundo donde hay día noche. El verte en medio de un mar de hielo blanco donde no hay "agua" a tu alrededor. La calma y el silencio del hielo (incluso con un motor de fondo). La oportunidad de ver peces que sólo están en los museos y tú los has tocado con las manos, vivos.
Y aún habiendo cosas negativas, como gente impresentable con la que hay que convivir y a la que hay que enfrentarse a veces, yo me quedo con lo positivo.
En mi caso toda esa experiencia me ha dado la oportunidad de estar hoy aquí y la oportunidad de ser bióloga y poder vivir de ello.
Todo esto son, por supuesto, impresiones particulares de mi experiencia. Es posible que otras personas lo hayan vivido de distinta manera.
**Foto propiedad de Ángeles Armesto, a bordo del Cornide de Saavedra.
Os adjunto dos fotos aunque no son de embarques comerciales, sino de campañas en NAFO (del 1996 y del 2000) a bordo del Cornide de Saavedra, en donde se triaba en cubierta y se trabajaba al aire libre con las temperaturas de de Flemish Cap, que no eran precisamente de verano aunque fuese julio.
***Ángeles Armesto actualmente trabaja como Titulado Superior de Actividades Técnicas y Profesionales en el IEO-CSIC de Vigo